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Dos mujeres, dos tragedias y el mismo sueño

Ángela y María Teresa sufrieron eventos dolorosos que no esperaban. Ambas tienen mucho en común, pero ninguna se imaginó lo que la vida les tenía deparado. En Mahavir Kmina les brindamos una oportunidad para volver a empezar.

 

  

1.

 

El 23 de octubre de 2016, a las 6:47 de la mañana, la vida de Ángela cambió para siempre. “No lo olvidaré nunca”, me dijo, “iba manejando mi moto acompañada de mi hermana, íbamos a realizar una diligencia. Entonces vi un carro a la distancia que venía hacia nosotros a gran velocidad, no tuve tiempo de reaccionar”. El vehículo las embistió de frente y ambas fueron disparadas por los aires.

 

Poco después, Ángela abrió sus ojos. Desorientada, intentó ponerse de pie, pero sintió el peso de una gran mano invisible que la mantenía aferrada al suelo. Incapaz de moverse, se quedó allí mirando los incontables rostros desconocidos que comenzaban a rodearla. Sin comprender todavía lo que recién había ocurrido en su vida, Ángela no podía más que escuchar esa maraña de sonidos familiares que le invadían los oídos: susurros indiscretos, gritos ansiosos, la sirena de una ambulancia, el tráfico impaciente, los ladridos de los perros y, en medio de todo ello, la voz de una mujer diciendo “allá está la pierna de la señora”. No recordaría mucho más.

 

Días más tarde, Ángela despertó en la habitación de un hospital. “En ese momento no sabía qué me había pasado”, expresó, pero luego sus memorias fueron bombardeadas con imágenes confusas del accidente. “¡Mi hermana!”, pensó, “¿qué le ha pasado a mi hermana?”. Varios huesos rotos y algunas magulladuras, se enteraría más tarde, pero fuera de peligro en todo caso. Ángela, por otro lado, había perdido una pierna.

 

Lo asumió con valentía. “Desde el primer momento, tomé la decisión de no permitir que esto me derrumbara, porque a pesar de todo, las dos sobrevivimos”. Noventa largos días y múltiples visitas al quirófano no bastaron tampoco para quebrantar su espíritu, “yo no sabía que era tan fuerte”, pronunció con orgullo, pero sí para reflexionar sobre el transcurso de su vida. “Todo lo que consideraba importante antes del accidente no parecía tener el mismo valor, descubrí que mis prioridades ya eran otras”.

 

En ese entonces, Ángela no sabía que el destino le deparaba otra tragedia que pondría a prueba su coraje.

 

 

2.

 

María Teresa se despertó temprano como todos los días. Se puso sus sandalias y, como era costumbre, se fue a la cocina a preparar el desayuno para toda su familia. Esa mañana, sin embargo, algo no andaba del todo bien. Sintió un dolor repentino en la punta de los dedos del pie izquierdo que fue subiendo frenéticamente por toda su pierna.

 

Acudió a su doctor de cabecera, quien con diligencia le recetó una pastillita. Pero el dolor no cesó. María Teresa no le dio mucha importancia y continuó con su vida. Cojeaba para despachar a sus nietos, cojeaba para los chismorreos de la tarde, cojeaba para la misa de las seis y el grupo de oración de las ocho, cojeaba para ir al mercado, pero el dolor no iba a detenerla. Entonces otro síntoma apareció. Su pierna empezó a ponerse azulosa, luego adoptó un tono púrpura, y al cabo de una semana, se había tornado negra como el carbón y desprendía el olor nauseabundo de la muerte.

 

A María Teresa le amputaron la pierna, fue así como descubrió que tenía diabetes. Ahora deberá ser cuidadosa, porque también podría perder la otra.

 

 

3.

 

Uno de tantos motivos de orgullo de Mahavir Kmina es que beneficiamos a cualquier persona que nos necesite sin importar la causa de la amputación. Aunque las causas son diversas, los accidentes de tránsito y las enfermedades cardiovasculares comprenden casi el 80% de los casos que atendemos cada año.

 

El 19 de septiembre de 2019, esperábamos un caso muy particular. Vendrían dos mujeres a ser beneficiadas con nuestras prótesis gratuitas. Ángela, que había sido embestida por un automóvil, y María Teresa, que perdió su pierna como consecuencia de la diabetes que la acosaba en silencio. Ambas habían perdido su pierna izquierda a la altura del fémur.

Ángela y María Teresa se conocen de toda la vida. María Teresa recuerda la primera vez que cargo a Ángela en su regazo, cuando esta no tenía más que unas horas de vida. Fue su primera nieta.

 

Dos años antes, cuando María Teresa perdió su pierna, era con Ángela con quien sobrellevaba los días y las tristezas. “Yo fui el mayor apoyo para mi abuela, porque yo ya sabía por lo que estaba pasando”, me dijo.

 

Aunque el sistema de salud no ha hecho mucho por ellas. Hoy caminan nuevamente gracias a las prótesis que Mahavir Kmina les brindó gratuitamente. “Ahí vamos”, me dijo Ángela con una sonrisa optimista cuando le pregunté cómo iban las dos con sus prótesis. “Mi abuela todavía tiene miedo, pero nos apoyamos mutuamente y, juntas, estamos volviendo a caminar”.

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