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Fue rechazada al nacer, pero el amor salvaría la vida

Evony es una niña que nació con malformaciones en sus cuatro extremidades; debido a ello, su madre la rechazó justo después del parto. Tiempo después, tuvieron que amputarle ambas piernas para que pudiera caminar. Aunque conoció el sufrimiento a muy temprana edad, la protección y el amor de Julia, su abuela, se convirtieron en los fundamentos de su felicidad. Conoce esta maravillosa historia de superación.

 

 

 

 

Antes de que Evony llegara al mundo nadie se percató de que vendría con una condición especial. Nació con sus manitas torcidas y sus pies deformados. Un fenómeno singular que tomó por sorpresa a todos los miembros de la familia; a todos menos a Julia, su abuela. Lo venía pensando por meses como una posibilidad casi palpable, pues sabía que la madre no cuidaba su embarazo: fumaba sin cesar, comía mal y era habitual verle llegar a la casa con los ojos desorbitados y tambaleando por la borrachera.

 

La madre la despreció desde el primer instante en que la vio. Su aspecto le pareció atroz, monstruoso; mas fue el tragaluz de su imaginación, por el que podía vislumbrar un futuro a su lado, lo que produjo en ella un terror vívido. “Demasiada responsabilidad”, debió pensar. Esa mañana sería la primera y última vez que la sostendría en su regazo.

 

Aquel fue el primero de muchos encuentros que Evony tendrá con el rechazo, esa sombra inquisidora que le respirará en la nuca de vez en cuando para recordarle que nació con sus manitas torcidas y sus pies deformados. Esa es la realidad que acosa a muchos niños en Colombia, porque nacer aquí con una condición especial es encontrarse de frente con las fauces del rechazo.

 

También para Julia el nacimiento de Evony fue un estrujón en su espíritu, pero este fue de una naturaleza muy distinta al de la madre. La mañana en que nació la pequeña, la abuela la miró con los ojos de quien se ha encontrado repentinamente con un pajarito que tiene un ala rota. La vio tan indefensa, tan necesitada de protección y cuidados, que sintió la irremediable fuerza del amor rozando la superficie de su alma. Su corazón latía con tanto ahínco que estaba convencida de que se le saldría del pecho. Finalmente, Julia alargó los brazos para recibir la niña de las manos de su madre y la cría desde entonces con un afecto sin reservas.

 

Las malformaciones trajeron consigo una serie de inconvenientes y el primero de ellos se hizo evidente con apenas verla: “así no podrá caminar”, dijo el médico, “hay que amputarle las dos piernas”. Como si un mal nacimiento y el rechazo de la madre no fuesen ya suficientes tragedias. Pero así debía ser. Julia no dudó. “¿Así tiene que ser?”, preguntó ella. “Así tiene que ser”, respondió el doctor, “si la niña quiere caminar algún día”. Julia retuvo la oleada de sentimientos que se condensaba en sus ojos y, tan firme como no lo había estado nunca, expresó: “¡Pues entonces córtenlas!”.

 

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Seis años han pasado desde entonces y, a pesar de la ausencia de su madre, Evony ha crecido sin falta de amor. La abuela, o la “Amá”, como la niña le llama, ha procurado su felicidad. Por ella se ha combatido en extenuantes batallas contra todos los secuaces del rechazo: les ha gritado a los niños que la señalan con el dedo y dicen “ahí va la mocha” entre risas. Se ha enfrentado a las miradas mordaces de la gente que la ve como una atracción de circo. Se ha deshecho en ruegos a la madre de la niña para que visite la casa de vez en cuando y así la existencia de una no sea una nulidad en la vida de la otra. Su más cruenta batalla, no obstante, la riñó con el sistema de salud de Colombia.

 

La ley colombiana incluye las prótesis en el listado de aparatos ortopédicos que el Estado otorga sin costo a sus ciudadanos… en teoría. En la práctica, Julia se encontró, como lo han hecho muchos otros antes que ella, con una realidad que agota tus fuerzas y te succiona la esperanza como una sanguijuela. “Que le dieran a Evony un par de prótesis fue una travesía”, me dice, “me tuvieron voltiando por casi dos años para darle el primer parcito, ¡dos años!, ¿lo puede creer?”. Le creo, por supuesto, ya me he enterado de muchos casos similares. Cuando Julia expresa que la han tenido voltiando quiere decir que se ha cansado de interponer acciones de tutela para que le den a su nieta lo que merece por derecho.

 

Finalmente, Julia lo logró, una batalla ganada. Evony camina. Camina por primera vez con su primer par de prótesis. “¡Qué alegría!”, grita Julia con el corazón hinchado de júbilo.

 

Una batalla ganada de una guerra que no puede vencerse.

 

“Las que le dieron ya no le

sirven, pero es más la espera

que lo que le duran”.

 

“Las que le dieron ya no le sirven, pero es más la espera que lo que le duran”, se queja Julia. Eso es cierto, los niños crecen tanto en tan poco tiempo que para aquellos como Evony no hay espera que valga la pena, aguardarán dos años por una prótesis que no les servirá en menos de uno y luego tendrán que volver a esperar. “Pero así son las cosas, nada que hacer”, dice el sistema con toda la crueldad de la que es capaz su burocracia. Julia puede verla, se presenta frente ella como un huracán que viene a destrozar los cimientos de su futuro. ¿Tendrá que luchar toda la vida?

 

Para cuando Evony usó su primer par de prótesis ya tenía cinco años. Durante aquellos tiempos no pensó, ni aun por una fracción de segundo, en todas las batallas legales que su “Amá” había combatido por ella. Es un tema que pertenece exclusivamente al mundo de los adultos, del cual aún entiende muy poco. Por otro lado, en lo que sí pensó con recurrencia fue en todas las cosas que podría hacer con sus nuevas piernitas.

 

No solo las pensó, las convirtió en parte de su rutina. Evony corría en los recreos de la escuela junto a los demás niños y en las tardes, después de hacer su tarea, jugaba fútbol en una cancha improvisada en la calle. Correr detrás del balón se convirtió en una afición habitual, pero si no estaba de humor para ello también disfrutaba bailando en la sala de la casa o jugando en el parque. Siempre en movimiento, en todo caso.

 

Las prótesis le ayudaron a apaciguar la sombra del rechazo. “Es tan activa que a uno se le olvida lo que tiene”, dice Julia; y, a decir verdad, a Evony le apasionan las actividades deportivas, las ejecuta con tanto empeño y con tal dominio de sus extremidades ortopédicas, que es fácil comprender el asombro que despierta en Julia y la admiración que provoca en sus compañeros de clase.

 

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Un año después, no obstante, ya las prótesis que Evony obtuvo por derecho le quedan pequeñas. Ha crecido, ha crecido mucho, pero el Estado no le dará unas nuevas. Si así lo quiere Julia para su nieta, deberá ajustarse nuevamente las armas y emprender su camino hacia otra batalla insalvable. Por lo menos, eso es lo que piensa. La idea ronda sus pensamientos sin tregua, le taladra la cabeza, una y otra vez, robándole la calma. Fue así hasta aquel día en que Mahavir Kmina apareció en sus vidas como un gran descubrimiento.

 

“Una institución que

dona prótesis de piernas”.

 

Estaba Julia haciendo unas compras en el supermercado cuando por casualidad lo oyó. “Una institución que dona prótesis de piernas”, dijo un desconocido a otro. Julia abre los ojos como un par de perlas y, estupefacta, vuelca su atención al diálogo que ocurre entre ellos. “Acabo de llegar de Medellín, me fui el domingo en la mañana y miré, aquí estoy con mi prótesis”, dijo el primer hombre. Era viernes y, si sus palabras eran ciertas, aquella organización había hecho en menos de una semana lo que ella había luchado por años.

 

“No es posible”, se dijo para sus adentros, pero se equivocaba.

 

En eso, el hombre se levanta el pantalón y muestra orgulloso su prótesis. Julia la ve y siente como una punzada en su pecho. Lo que ocurría en ese instante, pensó, no podría ser un hecho casual. No, lo que tenía ante sus ojos tendría que ser una revelación de la Divina Providencia, una elaborada maquinación sagrada que abría un camino para salvarla de los sombríos confines de la desesperación.

 

Se acercó a los hombres y averiguó lo que sabían. Por ellos supo que Mahavir Kmina es una institución que ya ha beneficiado a casi 4.000 personas con las prótesis que se fabrican en su taller de producción. Por ellos supo también, el hombre tuvo que decírselo dos veces porque Julia creyó haber oído mal, que las prótesis que la organización elabora son entregadas a quien las necesite sin costo alguno y que para solicitarlas bastaba con coger un teléfono y hacer una llamada.

 

Llamó a Mahavir Kmina esa misma tarde. Le contestó una voz amable al otro lado de la línea y le preguntó sobre la niña. La conversación no tardó más de cinco minutos y ya la voz al otro lado le aseguraba que Evony recibiría un par de prótesis. Así de fácil. En el instante mismo en que colgó, Julia tenía la sensación de que su mundo entero y el de la pequeña nieta cambiarían para siempre.

 

Lo más difícil fue la espera. Cuando tienes la salida del túnel frente a tus ojos lo más insoportable es no poder correr hacia ella. Pero tenía que esperar. La voz amable le dijo a Julia que había una lista de espera de dos a tres meses y le pedía su paciencia, pues para todo hay un momento. “Esperado lo más, esperado lo menos”, se repetía Julia cada mañana, pero en realidad, la espera de aquellos días fue la más terrible de todas, se mordía las uñas, se paseaba por la casa como una leona enjaulada y sentía que el corazón se le iba a estallar cada vez que escuchaba el “ring ring” del teléfono.

 

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Evony vivía, a la par de esa espera, el punzante dolor de la angustia. Gateaba hasta la puerta de la casa para ver a los niños que jugaban fútbol en la calle. Añoraba el día en que pudiera volver a correr tras el balón, pero se había resignado a no volver a hacerlo nunca. Julia no le había dicho nada sobre su propia angustia, no quería ilusionar a la nena con una posibilidad que todavía no tenía en sus manos.

 

Entonces el teléfono sonó.

 

La voz amable le dijo lo que llevaba esperando por dos meses eternos de inquietud y en menos de lo que canta un gallo ya estaban las dos montadas en un bus rumbo a Medellín. Julia ya no tenía miedo, deponía sus armas, pues veía frente a ella la bendición que buscaba para lo que más amaba en el mundo. Evony tendría, finalmente, una oportunidad para volver a empezar.

 

Esta es una de las muchas historias que he tenido el placer de encontrar en los años que llevo trabajando en Mahavir Kmina. La comparto contigo ahora para que comprendas el impacto que esta institución crea en el mundo. Por la felicidad de Evony y de muchos otros niños que necesitan una prótesis para volver a caminar, para jugar al fútbol… para ser felices.

 

Si esta historia ha despertado algo en tu corazón, considera apoyar a Mahavir Kmina. Una donación no te hará una persona pobre, pero para alguien que sueña con volver a caminar puede significar la transformación total de su vida.

 

 

 

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